Home is where it hurts: Solo el fin del mundo

El antepenúltimo mohícano

Home is where it hurts es el título del tema que abre Solo el fin del mundo, la última película de Xavier Dolan, y también la antesala de lo que se le viene encima al protagonista y al espectador de esta intensa película.

Xavier Dolan vuelve al tema familiar, a la relación con la madre, en, para mí, su mejor película. Como si de una Nochebuena improvisada se tratara, donde una riada de conflictos soterrados se asoman tímidamente a la superficie a través de la más mínima cotidianidad.

Europa Press

Solo el fin del mundo es la vuelta a los orígenes, el encuentro con el “yo” más verdadero, la vuelta al lugar donde se forjó la identidad, un viaje a rincones que ya se consiguieron olvidar, un intento de reconciliación innegociable, un propósito de buenas intenciones abocado al fracaso.

En una película tal vez menos estética de a lo que nos tiene acostumbrados en el resto de su filmografía, Dolan consigue acercarse a las mejores atmósferas de fuego y conflicto recreadas por Tennessee Williams en las sueñas tierras de obras maestras como La gata sobre el tejado de zinc.

Dolan es un genio del cine, le pese a quien le pese, y con 27 años no solo ha sabido debutar en el cine como director sino que ha demostrado, no solo una, ni dos, ni de tres, sino ya muchas veces que sabe muy bien lo que hace y que lo hace muy bien.

cine divergente

La asfixia es el concepto con el que mejor podríamos definir esta película, la asfixia en los reducidos ángulos de cámara, capaz de introducirse en la pupila de los personajes, en sus miedos, en sus convulsas respiraciones, en todo lo que no dicen para callar, en los reproches disfrazados de sudor que gotean por la nuca.

Dolan es el maestro de dibujar las emociones, a través de una trasnochada Dragostea Din Tei mientras evoca un plácido domingo del pasado en el que todo era verde y se respiraba el juego y las risas, de una fotografía que deja sin respiración mientras suenan temas que te revuelven lo que hay más dentro, de personajes perfectamente construidos y de actores 10.

El antepenúltimo mohícano

Marion Cotillard encarna a la mujer del hermano de Louis, el protagonista, a través de una personaje a veces digno de pena, a veces irritable. Consigue aportar un poco de equilibrio al intenso drama familiar al que el protagonista de la película, un increíble, contenido y guapísimo Gaspard Ulliel, que decide sumergirse voluntariamente en su pasado, que ya dejó atrás, para anunciar una noticia que no se sabe muy bien si quiere contar. La actriz de moda Léa Seydoux se une al reparto con un personaje adorable de hermana pequeña del protagonista al que tal vez ya le sobran unos cuantos años para dar vida, aún así, como siempre, la chica del pelo azul de La vida de Adèle, consigue bordar una vez más su personaje.

Sensacine

Un agresivo Vincent Cassel, en el que en más de una ocasión parece que se le sale la vena, da vida al hermano mayor, un hombre frustrado, con mucho rencor dentro, con muchas cosas por decir que no sabe cómo expresar, a veces odioso, a veces el más comprendido de la historia, por momentos el que más uso de razón tiene, por momentos el que más pierde el norte. Una increíble Nathalie Baye ha sido la encargada de representar la piedra filosofal en esta película de Dolan: el papel de madre. Histérica, divertida, gritona, pero, sobre todo, muy madre, con ese toque de ternura que Xavier Dolan dota a sus personajes, así es la destrozada madre de Louis, el héroe-víctima-berdugo de la última obra del enfant terrible canadiense.

Sensacine

Aunque la película es una adaptación de la obra de teatro de Jean-Luc Lagarce, hay mucho de Dolan en ella: en el tema elegido a tratar, en los personajes, en el papel tan protagonista de la madre, en la familia como eje de todo, en los miedos ocultos, en la huida hacia adelante por encima de la compasión, en la precisión con el color para cada historia, en este caso el amarillo fuego para ilustrar el conflicto familiar, en la música para hacer de cada fotograma un videoclip, un subidón, en la sutileza de sus personajes; en definitiva, en su particular montaña rusa a la que sube las emociones del espectador, en su forma única y original de hacer cine.

 

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