Maudie, cuando la belleza duele

Maudie, el color de la vida

El cine invisible y pequeño, relegado en el mejor de los casos a los rincones más apartados de la cartelera de multisalas, suele poseer como denominador común una meditada ausencia de ambiciones apoyada en la desnudez en la forma y el trazo escueto. Pero, a su vez, confía todas sus posibilidades a geografías físicas y humanas tan ricas, policrómicas y vastas como las tierras abisales en las que habitan los protagonistas de Maudie, el color de la vida (Maudie, Aishling Walsh, 2016). Es ahí donde radica la potencial genialidad del cine independiente de factura austera, en la capacidad de transmitir sin las directrices de un género o de un productor que apunta al éxito masivo del mainstream a base de talonario.

 

La potencial genialidad del cine independiente de factura austera radica en la capacidad de transmitir sin las directrices de un género o de un productor que apunta al éxito masivo del mainstream a base de talonario

 

El largometraje de la directora irlandesa Aishling Walsh podría funcionar como metáfora de este axioma por lo que tiene de retrato de un microcosmos dentro de ese cosmos fronterizo con el fin del mundo que son las tierras de Nueva Escocia (rodado realmente en la isla de Terranova). Un doble espacio que sirve para poner de relieve el triunfo del arte y la vida en mitad del desasosiego de la nada. Maudie es una historia de amor en una situación social y geográfica imposible, que transcurre ante nuestros ojos con esa levedad casi inadvertida del impresionismo ingenuo del que hace gala la pintora protagonista de la película, Maud Lewis.

 

Maudie, el color de la vida

 

Sin embargo, la película consigue hacer nuestra la voluntad de Maud, nos hace sentir nuestro todo el dolor y el amor que siente por la sinceridad de su propuesta y el sabio manejo de los recursos narrativos. Walsh sabe muy bien del potencial de la elipsis como creador de espacios mentales donde la película se desarrolla en el espectador, y por ello usa este recurso para lanzarnos más preguntas que respuestas, avivando aún más la llama de la curiosidad por conocer a un personaje fascinante. ¿Qué podría esperarse de una artrítica simplona que vive aislada con un déspota sin el menor asomo de humanidad? Nadie apostaría por la relación áspera con un Ethan Hawke del que al principio dudo, malacostumbrado como me tenía a sus papeles de buenazo de sus películas más conocidas, pero que compone aquí un personaje con un poso de bondad en su interior que aflora en el arco de personaje más atractivo de seguir de la película. Siento el deseo de que el personaje de Hawke se ablande de una vez ante tal explosión de color y vida que es capaz de producir una mente maravillosa encerrada en el cuerpo quebradizo de Maud. Y si ese anhelo es tan fuerte es porque siento el dolor y el goce con la misma profundidad y pureza que la protagonista de esta delicadísima película. Y ese es uno de sus grandes aciertos.

 

La película consigue hacer nuestra la voluntad de Maud, nos hace sentir nuestro todo el dolor y el amor que siente 

 

Porque en Maudie la belleza se goza, no importa lo que digan (en un diálogo genial, un tendero crítico con la obra de su mujer le espeta al personaje de Hawke “estas pinturas las podría hacer mi hijo de 5 años” a lo que Hawke, sintiendo como algo personal la invectiva, responde “pero no las hace”), pero también se sufre, y es aquí donde Walsh alcanza cotas de genialidad en esta película. Tan solo un juego de plano-contraplano de Hawke y una de las obritas de Maud es capaz de desarmarme por completo, sintiendo la ausencia como mía en el personaje más insospechado. Pocas veces en el cine moderno han conseguido hacerme pedazos el corazón con tan poco. Ahí está la grandeza de Maudie, en su capacidad de crecer en nuestro interior haciendo desde la pincelada un paisaje infinito.

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