El club, los pequeños apocalipsis

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Se abre El club con la imagen de un perro entrenando con alguna intención, en mitad de un paisaje que invita a la vida sosegada y a la expiación de cuantos pecados nos atormentan. La imagen idílica del pueblecito apartado del mundo, entregado al esplendor de la naturaleza. Sin embargo, hay algo que inquieta. La paleta de colores apagados y los tonos demudados nos dicen que algo perturbador duerme bajo el rumor de olas y catarsis que trae el océano Pacífico.

Tras la estupenda No (2012), el director chileno Pablo Larraín cambia de registro formal y estético para traernos una historia que, al igual que en su anterior película, busca el debate sin polémicas ni soflamas incendiarias, solo mostrando y dibujando con precisión milimétrica sin hacer gala de actitud aleccionadora alguna. Esta vez, Larraín se aleja de la política y las posibilidades persuasivas de la comunicación y se adentra en el lado tenebroso de la religión, tema universal con tantas luces como sombras alberga en su seno.

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En El club, Larraín se viste de Haneke para hundir el frío bisturí en la carne que alberga el drama en descomposición y acude a Paul Thomas Anderson en la confrontación humor-drama, los momentos oceánicos y paralelos, la música que delimita. El club es también Bergman en el retrato en primer plano de personas que llevan lo más podrido de la religión en sus almas y en las malditas apariencias. Llama también la atención en el trazo formal el uso de planos a veces vestidos de una textura desdibujada que remite al Alexandr Sokurov de Mat i Syn (1997). Al contrario que en No, donde el aspecto de imagen televisiva añeja daría para más de un debate sobre los límites de la imparcialidad del cine, en El club parece querer decirnos que todo se pudre poco a poco por la voluntad invisible y silenciosa de la entropía.

Larraín, como decíamos, acude a estos referentes en su justo momento para crear una mirada propia y segura de sí misma en una película cuyo momento climático final, subrayado por la gravedad de las notas de Arvo Part, hace reventar por los aires el polvorín dramático que venía acumulándose durante los minutos precedentes sin el menor asomo de trampa. Son los apocalipsis que asolan el alma creciendo en silencio, los que muestra Larraín con un pulso medido en su progresión ascendente tras un primer acto que no tarda en dejarnos fuera de juego.

Un soplo de aire fresco que se agradece por su voluntad de incomodar y subvertir, que deja un poso que alimenta por lo que tiene de interrogante. Sin duda, una de las películas de 2015.

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