Diego San José: “Ocho apellidos vascos persigue un objetivo muy jodido, que es hacer reír todo el rato”

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Diego San José es guionista cómico desde hace unos diez años, con una dilatada carrera en TV, para programas como Vaya Semanita, Agitación +IVA, Made in China o El Intermedio. En el cine, es el coguionista junto con Borja Cobeaga de Pagafantas, No Controles y del superéxito Ocho apellidos vascos, del que ya trabaja en una secuela. También escribe actualmente la esperada adaptación al cine del cómic de Jan Superlópez, que dirigirá Javier Ruíz Caldera. Nos encontramos con él en un bar cerca de la Filmoteca de Madrid y, aunque hace un calor importante, Diego nos lo hace todo muy fácil.

Háblanos un poco sobre cómo empezaste en el mundo del guion.

Empecé realmente por casualidad. No estudié guion, ni siquiera tenía vocación de guionista. Probablemente tampoco la tenga hoy en día. No vivo el ser guionista como una cosa excesivamente apasionante, simplemente es lo que puedo hacer de manera más o menos solvente, ganándome la vida con ello. Empecé porque hice un corto con unos colegas, sin ningún tipo de aspiración de que llegase a nada. Hice el guion de ese corto por casualidad, igualmente podía haber sido el actor o el director de fotografía. Había un productor de ETB en aquella época que estaba buscando guionistas, concretamente guionistas dispuestos a cobrar muy poco. Conmigo efectivamente acertó, porque yo no cobraba prácticamente nada. Curraba un día por semana escribiendo una serie completamente intrascendente que nadie vio, en euskera, no recuerdo exactamente el título. Más tarde, aquella misma productora hizo Vaya semanita. El cambio a Vaya semanita me sirvió no solo para tener un curro más largo y más importante, o para acabar trabajando en Madrid, sino también para conocer a un grupo de personas que tenían más o menos la misma edad que yo, gente como Borja Cobeaga, Nacho Vigalondo, Rubén Ontiveros, Borja Echevarría, etc. gente que me hizo ver que no estaba solo en el mundo y gracias a la que he seguido hasta hoy. Aquello fue interconectándose. A partir de ahí con Vaya Semanita empecé a currar con Borja, luego a él lo nominan al Óscar, yo aún no conocía a Borja Cobeaga cuando hizo Éramos Pocos, pero conocerlo me sirvió para hacer Pagafantas y así hasta Ocho apellidos vascos.

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¿Cómo empezasteis Borja Cobeaga y tú a escribir películas juntos?

Yo era coordinador de guion de Vaya Semanita, que estaba dirigido por Borja. Eso hizo que tuviéramos mucho contacto porque jerárquicamente teníamos que relacionarnos todo el rato. Creo que para escribir comedia, además de tener que relacionarte y coincidir con cierta gente, tiene que haber alguna conexión en cuanto a que te ríes de las mismas cosas que otro, a que ves o te hacen gracia los mismos errores de la gente, creo que, sobre todo, la clave es que tienes miedo a los mismos fracasos o pudor a las mismas vergüenzas, eso es lo que más te une de cara a la comedia, y en ese sentido Cobeaga y yo tuvimos desde el primer momento una conexión muy marcada y que ha durado hasta hoy. También hacemos nuestras cosas por separado, pero es verdad que los trabajos en los que más nos volcamos suelen ser las cosas que nos toca hacer juntos.

¿Qué proceso utilizáis a la hora de sentaros a escribir?

El proceso es el mismo siempre. Prácticamente no tenemos metodología, somos bastante “chapuceros”, pero es que no tenemos realmente ningún sistema estudiado. Lo que hacemos es juntarnos en su casa, en la mía o en una cafetería y hablar de la historia, muchas veces sin tomar notas ni seguir ningún tipo de esquema. No creo que lo hagamos por llevarle la contraria a las reglas porque tampoco manejamos muy bien las reglas. No hacemos las cosas así desde un punto de vista arrogante, sino más bien desde un punto de vista ignorante. Posiblemente tardemos más tiempo en escribir un guion que un guionista más profesional o que tenga más formación que nosotros. Básicamente lo que hacemos es escabullir el teclear, que es la parte más cansada, y centrarnos en hablar durante mucho tiempo. Digamos que si un guion se escribe en año y medio, nos tiramos un año hablando y el medio año ya escribimos y reescribimos, pero si se observase mi día a día con una cámara oculta, se me vería sentado con Borja hablando, ni siquiera parecería curro. Yo lo hago así porque al hacer comedia, si no tengo a alguien delante, alguien que haga de frontón, es imposible que sepa si un chiste tiene gracia. Una cosa que se me ocurre puedo intuir que sea más o menos buena, pero afirmarlo con rotundidad, no, sobre todo por un factor, que es que yo no me voy a hacer reír a mí mismo nunca. Necesito que alguien frente a mí se ría o no se ría. A veces, cosas que creías que eran muy buenas no tienen ninguna gracia, y te das cuenta inmediatamente, y al contrario, cosas que quizá nunca hubiese escrito, al ver que alguien enfrente mío se ríe mucho, te das cuenta de que están bien. Para mí escribir comedia entre dos, más que una ventaja, es algo imprescindible, no podría escribirla yo solo.

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¿Qué comedias y qué cómicos os gustan y cómo crees que influyen en vuestro trabajo?

A la hora de escribir, algo que nos imponemos un poco es el hecho de no tener el ojo puesto en nada. Creo que es peligroso porque si intentas hacer algo que has visto y que te ha gustado, te va a quedar peor seguro. Lo vas a hacer por segunda vez y va a ser como un quiero y no puedo, y creo que, además, a la comedia que se hace aquí le suele venir mal, porque cuando intentamos ser americanos no somos ni americanos ni costumbristas. Acabas por no definirte, pierdes la identidad. Porque por muy americano que quieras ser, luego no tienes a Ben Stiller, ni a Will Ferrell y, posiblemente, eso te habrá llevado a no hablar de temas de los que solo tú puedes hablar. Cuando llega el momento de competir en taquilla, tu película no tiene ningún argumento para que alguien pague en taquilla el mismo precio que una americana. Aún así, somos fans de mucha gente, de series y películas cómicas. De entre la comedia reciente te diré que a mí Judd Apatow no me gusta nada, de hecho sus últimas películas no las he visto, lo digo porque siempre se piensa que Pagafantas tiene que ver con su cine y demás. Me interesa mucho más Todd Phillips, me gusta mucho la trilogía de Resacón en Las Vegas. Siendo la tercera muy mala, por las dos primeras me compensa más que todo el cine de Judd Apatow. También me gusta Greg Mottola, por Superbad y por Adventureland. Me gusta mucho la comedia británica, In the loop, Four Lions, toda la TV que sale de Inglaterra, The Thick of It, en América Veep, etc. También estoy viendo ahora Silicon Valley, pero como referentes, no utilizo ninguno, sobre todo por el tema de intentar no parecerte demasiado a nadie, no digamos ya plagiar, que me parece vergonzoso. Creo que es peligroso tomar referentes porque incluso inconscientemente puedes perder un punto de vista propio y personal. Es un peligro bastante fácil de correr.

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Pagafantas

Un tema que vuelve a estar de actualidad cada cierto tiempo es el de los límites del humor. ¿Cobeaga y tú os imponéis algún tipo de autocensura al escribir guiones como los de Ocho apellidos vascos o Fe de etarras, con el terrorismo como tema de fondo?

Al venir de Vaya Semanita, y al ser ese casi nuestro primer curro, el pulso que tenemos con los límites del humor constituye prácticamente nuestra primera experiencia profesional. Para mí es como que aquello ya lo viví. Y como aquello sí que fue bastante intenso, bastante concentrado, y supuso adentrarnos en un terreno que, además, exigía una velocidad de toma de decisiones importante, ya esa duda no la tengo. Ahora esas decisiones, más que decisiones, forman parte de mi sentido común, porque ya me enfrenté muchas veces a ellas. Casi sin darme cuenta, los límites con los que trabajo vienen impuestos con lo que yo ya considero que no se debe tocar. Para mí, lo que no se debe tocar es que el chiste vaya dirigido a las víctimas de cualquier problema. Ya no es el conflicto político, sino las víctimas de cualquier problema, procuro no atacar al que lo sufrió, es decir, siempre ir a por las partes activas. Ir a por el que manda, por el que decidió algo, no hay que ir a por el que recibió el guantazo, porque ir a por ese solo no tiene gracia, tiene gracia hacer comedia con el que tomó decisiones erróneas. Tiene gracia burlarte de esas decisiones. Para mí el límite no está en “a dónde llegar”, sino en la equidistancia: si tú, que pecas de romper las fronteras de un lado, las rompes también en el otro, la cosa se equilibra. El problema hoy, creo, es que el humor político que se hace en España casi siempre es parcial. Se cuentan chistes según el pie de que cojeas. A mí me da un poco de pena que haya tantos programas así, aunque creo que Vaya Semanita aún no peca de esto. Pero esto no pasa, o no pasa tanto, en Estados Unidos con, por ejemplo, el Saturday Night Live, que lleva 38 años en el aire, con demócratas y republicanos en el poder, y que jamás ha dejado de meterse con el que manda. Creo que la imparcialidad es la clave, mucho más que los límites de la comedia. Se han hecho comedias con el genocidio, las de Chaplin, y no hay ningún problema en ello. No creo que el genocidio sea un conflicto menor que el vasco o que el catalán. Creo que hay referentes en el cine muy respetados, con unas cotas de calidad que nadie discute, que afrontaron problemas con millones de víctimas y que, de hecho, sirvieron para cicatrizar, de alguna manera, parte de aquellos conflictos y superarlos, sobre todo porque creo que hay temas que creo que no los supera la clase política, los supera la gente. Por mucho que hablen los políticos, la gente entiende mejor la comedia y el humor que un mitin o un programa electoral.

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La cuadrilla de Vaya Semanita

¿Qué factores crees que han sido los determinantes para el éxito de Ocho apellidos vascos?

Cuando el éxito de una película es tan exagerado, como en este caso que ha sido una locura, con 9 millones y medio de espectadores y 56 millones de euros de taquilla, ya no hay una clave, ni dos. Son miles de claves. Se tienen que conjuntar mogollón de factores, de entre los cuales muchos obedecen a cosas del azar, casualidades o incluso a cosas muy pocas románticas del oficio, como el que la distribuidora estudiase muy bien el calendario para el estreno. Luego hay muchos factores que nadie, ni la productora ni la distribuidora, se imaginaban. Han sido muchas cosas pequeñitas. Por hablar de las más grandes, que son las más evidentes, te diría que hay tres factores importantes. Primero, que la película sea extremadamente sencilla, de manera que yo mismo me daba cuenta al ir al cine a verla, que la gente que estaba allí era tanto gente muy mayor como gente muy pequeña, incluso gente que no iba al cine desde hacía años y que quizá no vuelva a ir. Ocho apellidos vascos es una película muy pequeña pero que persigue un objetivo muy jodido, que es hacer reír todo el rato. No tiene coartadas autorales, no tiene ambiciones cinematográficas muy elevadas, sino la intención de que los gags no estén muy separados entre sí, y que intenten funcionar lo máximo posible. A mí que un gag funcione me parece casi química, una cosa muy difícil. Le tengo un máximo respeto a esto y creo que Emilio Martínez Lázaro ha sabido ejecutar bien los gags. Otro factor fundamental para mí es que trata un tema que, siendo más blanco que los que propone Vaya Semanita, sigue siendo una cosa que casi no se había visto antes y que es especial y funciona como una especie de catarsis. Ver una comedia romántica ambientada en una herriko taberna es algo que la gente sabe que antes no se veía y que quizá resulte difícil de volver a ver. Las herriko tabernas, hace tan solo diez años, por desgracia, se unían a noticias desagradables. Si ves una cosa en ese escenario que te hace reír, la risa es doble, porque te hace gracia el chiste y porque además estás reconociendo que has dejado atrás una época mucho más pesimista para Euskadi que la actual, que es mucho más optimista. El tercer factor que destacaría es la interpretación de Dani Rovira, que nunca había hecho una película. Era una incógnita el cómo podía conectar con el cine un tío que venía de hacer monólogos y de la tele. Hemos tenido el lujo y la fortuna de que sea con nosotros su primera película. Ese sería más o menos mi resumen de las claves más jodidas de la película.

¿Cómo fue trabajar con Emilio Martínez Lázaro?

Emilio Martínez Lázaro es un tipo de director que en España no existe mucho, el director de encargo, que no impone su estilo, ni tiene una imperiosa necesidad autoral. Hay muy pocos, yo creo que ahora mismo están Emilio y Javier Ruíz Caldera, que lo mismo te hace Anacleto: Agente secreto que Spanish Movie, que Promoción fantasma, que Tres bodas de más. En Estados Unidos, esa figura del director de encargo existe mucho, pero aquí no. Emilio tiene una cosa muy importante, que es que tú le enseñas una página de guion y él ya no solo está pensando en que funcione, sino que está pensando en que le funcione a tu abuela y a tu sobrino de siete años. El otro lado de la cama hizo 12 millones de euros, que en su momento fue un pastón, y 8 apellidos vascos ha hecho 56, y de esto tiene mucha parte de culpa el que alguien se haya preocupado en plantearse que vale la pena simplificar algún que otro chiste del guion si así lo va a entender más gente. Emilio es un tipo de director del que creo que hacen falta muchos más, porque piensa mucho en taquilla y en cómo acercarse a ella, y eso es muy jodido. Ese mérito también lo tienen que tener los guionistas y, en realidad, todos los peldaños de una producción, pero sobre todo es cosa del director. Emilio esto lo tiene muy claro. Si hubiera solo diez como él, el cine en España tendría muchos menos problemas, porque tendría una masa de espectadores más acostumbrada a ver una película española y a disfrutar de ella. A mí me jode un poco que haya gente que piense que el cine comercial no tiene autoría. A Hitchcock hay quien lo denostó precisamente porque se decía de que hacía cine comercial. Lo que pasa es que el cine de autor, cuando es absoluta basura se reconoce menos porque es más difícil identificar la basura cuando está envuelta en estilo que cuando la película está hecha para conectar con tu abuela y con tu tía. Ahí, si la película sale mal, la humillación es evidente. Pero a mí me gustaría que la gente joven que estudia cine se arriesgase en eso, que se hicieran películas con la idea de decir “a mí no me vale con que la película la vean cien mil personas, yo si no la ven al menos 5 millones de personas, he fracasado”, y de eso no hay ahora mismo. Lo difícil no es que tu película se vea en 3 festivales, sino que aguante 10 semanas en cartelera. Creo que el problema de muchas películas es que detrás de cada una de ellas hay mucho esfuerzo, y lo más triste para mí es que estén dos semanas en cartelera, que no las vea nadie. Es una pena, porque ahí han trabajado ciento y pico personas y además la peli ha costado un millón y medio de euros mínimo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Estamos con la secuela de Ocho apellidos vascos. También hemos escrito Borja y yo una novela que va a editar Planeta en navidades, Venirse arriba. Aupa Josu, un piloto que está rodado y que escribí con Juan Cavestany y dirigió Borja, me gustaría que se transformase en una cosa con más continuidad, lo que pasa es que ahora no podríamos, no llegaríamos de tiempo. Y luego he escrito una película con David Serrano, que es el director de Días de futbol y el guionista de El otro lado de la cama, y que acabamos de entregar para Telecinco también, y que, de salir, sería ya para el año que viene. Ahí ya dependemos de lo que diga Telecinco.

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Por último, ¿cuál es tu relación con Los Morancos? Hemos visto que tienes alguna foto de ellos en Facebook…

Yo es que soy muy fan de los cómicos. Ya no como guionista, sino como espectador. No soy muy mitómano ni de grupos de música ni de actores, pero sí de cómicos. El cómico me parece una figura muy curiosa. Como cómico entiendo no a un actor que haga comedia, que los hay muchos en España y me parece genial, sino una persona que de pronto se pone una peluca y se transforma en un personaje, tipo José Mota, Martes y Trece, Los Morancos… ese tipo de persona volcada en buscar la risa como subsistencia y que, de hecho, moriría si no hiciera reír. A mí esa gente me gana mucho respeto. También los de fuera, pero a los de aquí, como puedo llegar a ellos, les tengo como mucha admiración. Y afortunadamente he trabajado con muchos de ellos, con Martes y Trece he currado, por separado con cada uno de ellos, y Los Morancos eran los que me faltaban, tenía pendiente trabajar con ellos, hasta que me surgió la posibilidad de hacer un especial de Nochevieja. Los especiales de Nochevieja son para mí como el gran género del sketch, porque yo crecí viendo a Martes y Trece el 31 de diciembre, y para mí eran como la máxima representación del humor. Por eso, en cierta manera, para mí es casi un capricho, casi un juguete. Y currar con ellos fue muy fácil, hacen lo que tú les digas, nos son muy pejigueras, son muy volcados, muy divertidos y viven el curro de una manera muy sana, muy lúdica. Mota es mucho más perfeccionista, mucho más meticuloso, es un estudioso del gag y creo que Los Morancos son más instintivos, más intuitivos. Pero la verdad es que soy muy fan de los distintos tipos de comedia que practican.

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