A Ghost Story, la deconstrucción del género

Estoy esperando a alguien.
—¿A quién?
—No me acuerdo.

A Ghost Story (íd., David Lowery, 2017) se abre con la imagen al inicio vaporosa y cada vez más definida de una pareja abrazada, susurrándose intimidades, en una escena que oscila entre la luz cálida y la tiniebla en un vaivén que recuerda al lento parpadeo de un Kieslowski. Pronto llama la atención el formato de la imagen, unos cuatro tercios con las esquinas redondeadas. ¿Son estampas de una vida como la de otra cualquiera? ¿Es un desafío impresionista a la aspiración narrativa del cine? ¿O quizá un nuevo exponente de esa moda indie para huir de los convencionalismos?

Las escenas se suceden en un transcurrir de tiempos muertos en los que lo sobrenatural se inmiscuye inadvertidamente en la vida de estos dos personajes, en unos primeros minutos que se arrastran ante nuestros ojos como las sábanas de un fantasma. Es como si el narrador quisiera distanciarse del drama y significarse por encima de todo, en un peligroso ejercicio de equilibrismo deudor del cine de otras latitudes más indigestas. Los minutos se acumulan morosos, inconmovibles, hasta que el acontecimiento ocurre. Hasta que el ente se erige.

C (Casey Affleck), el protagonista de esta anti-historia, se ha convertido en un ser que pulula por los espacios del que fue su hogar. Un remedo del celebérrimo Sam de Ghost (íd., Jerry Zucker, 1990) pero silencioso, impersonal, intemporal y cubierto por una sábana. C, al igual que el protagonista de su referente a primera vista más inmediato, debe hacer frente a los intentos de quien fuera su amor para superar el terrible trauma de la pérdida de un ser querido. Pero C, desposeído y lleno de ira, decide asustar al intruso que está allanando el corazón que aún le pertenecía, en un intento de alterar el curso de la naturaleza. Hace caer al suelo una columna de libros en las que no por casualidad destacan La casa encantada, de Virginia Woolf, El amor en tiempos de cólera, de Gabriel García Márquez y, vaya, un libro indeterminado de Friedrich Nietzsche.

El detalle cobra relevancia a lo largo de la película de David Lowery, porque es en torno al filósofo alemán donde la película construye su ideario de fondo. El “eterno retorno”, uno de los pilares fundamentales de la filosofía de Nietzsche, es la condena a la que se ha visto sumido C, en un deambular cíclico por el tiempo y el espacio, desde la intimidad del quicio de una puerta hasta el último confín del universo. Un devenir de resonancias espirituales que recuerdan a veces al Malick más intransitivo y arrebatado, sin posibilidad narrativa más allá de su mera condición de círculo, pero entregado a la trascendencia.

Quizá por lo que tiene de retrato, con el formato cuatro tercios Lowery quiere estar más cerca de la narrativa ensimismada del Lisandro Alonso de Jauja (2014) que de la pirueta arty del Xavier Dolan de Mommy (íd., 2014). Una destreza en el pulso narrativo salvan a A Ghost Story de la frivolidad instagramer de filtro lowfi, y lo hace jugando a su antojo con los clichés genéricos del horror, deconstruyendo sabiamente para desdramatizar y construir de nuevo un drama desde coordenadas muy lejanas. Así, la película de Lowery pilla a contrapié a un espectador aturdido, alternando momentos del género paranormal con instantes de una belleza que desarma.

Por otro lado, la arriesgada propuesta formal de presentarnos al protagonista de esa guisa, lejos de provocar el miedo esperable por su apariencia o de caer en el ridículo por su descontextualización, es capaz de despertar en el espectador una empatía imposible. Comparece en el juego dramático el Kulechov más insospechado y ese, quizá, sea el mayor logro de esta película insólita. Todo en A Ghost Story consigue encajar, desde la fotografía lánguida hasta la preciosa banda sonora Daniel Hart, llena de recodos tristes, muros de voces que quieren traspasar el tiempo, lentos remansos de cuerdas y sobre todo, el llanto de la canción alrededor de la cual gravita toda la película. Las palabras de I Get Overwhelmed de Dark Rooms aparecen esquinadas en la densa melancolía de un recuerdo que agita el alma de (Rooney Mara):

Mirror, mirror
There’s your crooked nose
Boring hair
A thousand wrinkles
No children
Just emptiness
No place like home
Just a fucking mess

Que parecen ser las palabras de C, ya claudicado su deseo de volver y a merced del tiempo, implacable en su transcurso. C contempla en su penitencia los rincones domésticos habitados por seres extraños, los declives que anteceden, las luces que suceden a la nada, la kenopsia. A Ghost Story se siente libérrima en su juego de llevar el espacio fractal de lo infinito a una luz en la pared, a una mano que agarra una sábana o a un grito mudo de quien espera a alguien pero no recuerda a quién.


Escrito el
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