Michel Houellebecq: “Tengo derecho a insultar a una religión”

Alejandro Granja

El atractivo popular más inmediato detrás de una charla para La Noche de los Libros de La Térmica titulada “La religión en las novelas de Houellebecq” probablemente fuera el de dar alguna nueva pista sobre la siempre discutida y discutible islamofobia del escritor francés Michel Houellebecq (Isla Reunión, 1956). A este respecto, y como ya ha hecho otras veces, Houellebecq esquiva la cuestión: no parece sentirse el indicado para juzgarla, pero insiste en el derecho de cualquiera de “poder insultar a una religión” y lamenta tener que ejercer de defensor de una libertad de expresión que justifique este derecho.

¿Desprecia Houellebecq la fe? Probablemente no (“soy tan ambiguo como mis personajes”, comenta de pasada), aunque no sienta precisamente simpatía por el Islam y admita, no sin una mueca maliciosa, que es “fácil” y “excitante” reírse de la religión”. Es cierto que a la agónica búsqueda del amor que se desvela en sus novelas asocia habitualmente una búsqueda espiritual; no en vano, es de su fracaso al intentar abrazar una creencia de donde surge la polémica novela Sumisión: se trata del mismo mecanismo de insatisfacción que ha venido llevando a un hombre como él a publicar novelas como La posibilidad de una isla o Las partículas elementales, o a comparar a Dios con el coño de las mujeres. El difícil y culposo deseo de creer en algo más grande que uno mismo desde la prisión de la carne. Algo, al fin, inherente a todo hombre que siente la necesidad de la fe, se formule esta necesidad como se formule.

“Le debo a San Pablo seguir con vida”

Si debemos ver a Houellebecq en todos sus personajes literarios (en los masculinos, los femeninos ya tal), quizá convenga recordar al profeta de la secta de los Elohim de la novela La posibilidad de una isla, cuando afirmaba que los seres humanos están cada vez más necesitados de religión, de algo que supere incluso a la ciencia. Así, lo que Houellebecq considera un retorno social a la religión en la actualidad (ya sea vía Islam o catolicismo) da el verdadero sentido a esta charla: el escritor repasa los nombres que le han influenciado a la hora de establecer su propia moral de cara a un nuevo mundo religioso. De San Pablo (“a él le debo seguir vivo”), a Auguste Comte (“expuso la necesidad de una base religiosa tras la Revolución”), Nietzsche (“su oposición frontal a Cristo no es la mía, aunque sí lo es su oposición a la piedad”), Schopenhauer (“un ateo intelectual), Huysmans (“extremo”) o Chateaubriand (“sutil”). La Virgen Negra de Rocamadour, con la que se encuentra uno de los personajes de Sumisión, tomaría parte también aquí como metáfora del fracaso en la búsqueda de Dios, tanto para el susodicho personaje como para el propio escritor (que no deja de ser, a su vez, un creador). De este modo, Houellebecq afirma sentirse condenado a dudar ya para siempre, anclado entre el sufrimiento de Nietzsche y una eterna crisis positivista. Un agnóstico, parece, hasta nueva orden.

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