Las mutaciones de Jon Hopkins

Siempre he sentido debilidad por los artistas camaleónicos, aquellos prestidigitadores capaces de complacer al diletante más elitista, al corazón más ávido de melodrama y al más cerril de los hipotálamos sediento de fuegos de artificio. En el mundo del cine, el caso más sonado podría ser el de James Cameron, que en 1997 produjo un hito pocas veces visto hasta entonces: poner de acuerdo puntos de vista y personalidades diametralmente opuestos para sincronizarlos por igual en una pasión irrefrenable por una película que había dirigido alguien que ya se había consagrado como uno de los más innovadores autores de la ciencia ficción y la acción. ¿Quién podría sospechar que el responsable de la saga Terminator o de Mentiras Arriesgadas (True Lies, 1994) pudiera crear Titanic (íd., 1997), la película que más veces ha visto mi madre en toda su vida? O, en círculos más independientes, el de Michael Winterbottom, verdadero especialista en volantazos de género, capaz de saltar de la ciencia ficción al porno soft con una soltura que puede incluso hacer sospechar de su estabilidad mental.

Quiero pensar que dicha debilidad está relacionada con el sustrato de sensibilidad sobre el que se levantan las obras memorables del arte humano. Un análisis, en el caso de Cameron, que traspasara la epidermis de efecto especial y violencia, serviría para constatar que, en el fondo, su filmografía pre-Titanic ahondaba en la alienación de la sociedad post-guerra fría o que, en todas y cada una de sus obras, reivindica valores feministas con una elegancia muy lejana de los tiempos de sal gorda que vivimos en la actualidad.

En la música, y más en concreto en el mundo de la electrónica, un fenómeno muy similar ocurre con el que es, en mi opinión, su máximo exponente desde hace ya años. Jon Hopkins es el mejor equivalente de este modelo de artista mutable, sagaz productor que se siente igual de cómodo haciéndonos levitar con los vaporosos arreglos que ha hecho para artistas como King Creosote o ¡Coldplay! y también arrasando pistas de baile como la de Mondo Disko, en Madrid, el pasado 17 de febrero.

La sala madrileña, uno de esos templetes de la música electrónica que vienen acunando a los artistas más conspicuos de la cosa, fue el campo de batalla de una guerra librada en desigualdad de condiciones, con una multitud entregada por completo al éxtasis construido por Hopkins en un dj set memorable. Desde la muralla musical con la que abría su sesión, fueron desfilando las canciones que han encumbrado a Hopkins a lo más alto del panorama electrónico, además de algunos de los grandes temazos del minimal que tanto le gusta al inglés, con un despliegue de luz y sonido que cautivaron al público durante dos horas.

Porque, incluso en su versión dj set (recordemos que en este género pueden darse también conciertos en versión live, es decir, reinterpretando temas en directo, siendo estas versiones de conciertos las más codiciadas), el sello inconfundible del británico estaba patente en todo momento. Quizá se trata de esa sensibilidad a la que hacía mención anteriormente, y es que el éxtasis llevaba una pátina que remitía a esos momentos de intimidad minimalista por las que tanto he suspirado en sus álbumes de estudio (no olvidemos Abandon Window o el Immunity que cierra su todavía último disco) o las subyugantes bandas sonoras que compuso para Monsters (íd., Gareth Edwards, 2010) o Mi vida ahora (How I live now, Kevin McDonald, 2013), piezas de una delicadeza que hace que parezca imposible que alguien así sea capaz de hacer bailar hasta a los muertos.

Esa doble vertiente que tanto me fascina, y que tan bien ha cultivado este y otros exponentes del género (no me olvido de Aphex Twin y su Druqks) es una de las razones por las que amo la electrónica, ese cajón desastre que tantas maravillas nos ha regalado. Así que mi recomendación del día sería que no os perdáis a Jon Hopkins, vuestras caderas y vuestro corazón os lo agradecerán.

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